Olvídate de las cartas con fotos de Calle Larios. La verdadera cocina malagueña va de un puñado de especialidades locales bien hechas, normalmente de pie en una barra de azulejos con una bebida fría en la mano.
Empieza por el espeto de sardinas: sardinas ensartadas y asadas sobre leña en la playa, que se comen con los dedos. Es lo más malagueño que puedes comer, y los chiringuitos de Pedregalejo y El Palo lo bordan.
En el centro, pide boquerones (frescos, fritos o en vinagre), porra antequerana (una sopa fría de tomate, espesa y con ajo) y una copa del dulce Pedro Ximénez local o de Moscatel seco.
Para tapas con un toque moderno, ve al Soho y a bares como Kortxo. Para la experiencia completa de bodega de azulejos, El Pimpi es turístico pero divertido; por precio, Casa Lola sirve vermut a barril.
Una última regla: la comida es la principal, servida tarde (de 2 a 4 de la tarde), y la cena rara vez empieza antes de las 9. Ajusta tu reloj y comerás mucho mejor.



